lunes, 30 de julio de 2007

Venezuela: Patriotismo vs. Identidad. (Parte III)



Identidad, antídoto contra el colonialismo Psicológico.

Me siento mucho más identificado con una empanada de cazón que con el escudo nacional, me gusta más el tamunangue que el himno, siento muchísimo más amor y respeto por una piragua que por la bandera.

Una arepa de carne mechada confronta mejor el imperialismo de McDonalds que la abstracta noción de patria, nuestro importado concepto de república y Estado o nuestras ficticias fronteras que les abren sus puertas a cambio de monedas.

Subordinación al pensamiento europeo es creer que necesitamos banderas, himnos y escudos, todos inventados e impuestos por ellos. Subordinación es creer que hay más venezolanidad en estas abstracciones que en nuestras costumbres, colores y sabores: nuestra identidad.

No siento un especial apego por una bandera que varía su número de estrellas según el gobierno de turno o un escudo cuyo caballo se pasea de izquierda a derecha, dependiendo si gobiernan los conservadores o los liberales.



Y auque por razones históricas prefiero tanto el actual escudo como la bandera con ocho estrellas, sinceramente no creo que esas abstracciones, que las usamos desde hace años en sus viejas variantes, vayan a impedir el coloniaje psicológico, el peor de todos; en cambio estoy casi convencido de que la identidad quizás sí sea un mejor antídoto…

Ese coloniaje psicológico que nos hace creer que lo civilizado es tener una república, que lo lógico es tener un Estado, que lo importante es una abstracción llamada patria y que deben existir países y fronteras…

“Prefiero los caminos a las fronteras”…, pero como diría Serrat: “cada loco con su tema”

Es el coloniaje psicológico el que nos hace subordinarnos a las potencias, imitarlos en todo para creernos más civilizados, más humanos. Ese que nos hace vestirnos de traje y corbata en un país tropical, algo absurdo, incómodo y anti-termodinámico, una cosa completamente contraria a la razón y al más elemental sentido común.

Queremos ser más europeos que los europeos, pues cuando ellos vienen a vacacionar por estas tierras tropicales, se traen sus shorts, como es lógico.

De traje y corbata en un país tropical. Pero nuestra subordinación es tal a los esquemas extranjeros que si alguien, en plena Venezuela bolivariana intenta caminar por la calle sin camisa, lo más probable es que acabe preso. Aunque la consigna sea Libertad o muerte y eso que Bolívar murió con una camisa prestada como bien lo cantó Alí Primera en su Bolívar Bolivariano.

¿Pero como no va a ir preso?, si hace mucho que los europeos nos enseñaron como vestirnos, como hablar, como organizar nuestra sociedad y como ser “civilizados”.



Ese coloniaje psicólogo y menosprecio por nuestra identidad es el que impulsaba a Guzmán Blanco para afrancesar Caracas. No conforme con que somos una pequeña Venecia, él quería hacer de Caracas una Franciazuela.


Ese coloniaje psicológico que nos lleva a decir en muchas marchas que “sí nos da la gana, de ser una potencia latinoamericana”. Pero ¿En que estaremos pensando cuando decimos potencia? ¿A quienes nos queremos parecer? ¿A que modelos y esquemas nos estamos subordinando con esa afirmación?

Crear otra potencia es lo último que debería aspirar un revolucionario: Liquidarlas todas, eso sí nos es más propio.



En nuestra subordinación a sus maneras, no solo queremos tener patrias y repúblicas como nos enseñaron, sino que además queremos ser potencia como ellos, queremos hablar como ellos, lucir como ellos, vivir como ellos. Sentimos esa imperiosa necesidad de parecernos a ellos, o de tener su aprobación por falta de identidad.

Subordinarnos a su imagen y semejanza, asumiendo que ellos son la civilización es la más baja forma de colonialismo. Es el colonialismo voluntario, análogo de nuestro siglo de la servidumbre voluntaria de la que hablaba La Boètie.

Mirarnos más a nosotros y rescatar nuestra identidad es romper con toda forma de dominación y coloniaje.



El que se respeta a sí mismo nunca se subordina a nadie, lo que hay que tener es identidad.