lunes, 23 de julio de 2007

Las luchas conocidas. (fragmento)

Salom Mesa.



“Los poderosos no sólo han utilizado siempre y en todas partes a los hijos del pueblo para que se sacrifiquen por los intereses de ellos, sino que son una mierda que ni siquiera permiten el reconocimiento histórico de ese sacrificio. ¿Quién sabe en Venezuela los nombres de los peones de hacienda y de sabana que murieron en los campos de batalla durante la guerra de la independencia? La historia menciona a Negro Primero porque era un incondicional de Páez que luego fue Presidente. Pero ¿cuántos negros primeros murieron entonces? No se sabe. No tenían nombre. Eran hijos de putas. Los que tenían madres dignas se llamaron Bolívar, Sucre, Rivas, Montilla... Y ahorita mismo se conoce que durante la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez murieron unos doctores llamados Ruiz Pineda, Carnevalli y Pinto Salinas. Pero el pueblo ignora que el primer muerto de esa jornada, en plena acción y en 1949, se llamó EMILIANO HERNANDEZ, margariteño y modesto empleado de comercio en Caracas. Luego le siguió RAMON ALIRIO GARCIA, un joven trabajador petrolero. Que ANTEOGENES OCHOA, yaracuyano, fue ametrallado en la acción conocida como de la “Doge” en Villa Zoila, en octubre de 1951. Que JESUS ALBERTO BLANCO fue sacado de la cárcel de Ciudad Bolívar en 1955, con esposas puestas y fusilado en la carretera. Y otros obreros y campesinos que murieron luchando por la libertad, ya en Venezuela o en el destierro, como el chofer autobusero JUAN REGALADO REGALADO (EL NEGRO) –conductor del vehículo en el que transportamos a ALBERTO CARNEVALLI la madrugada en que lo rescatamos-, a quien, agonizando, lo sacaron de la Penitenciaría General de Venezuela en el mismo año de 1955 para que muriera en el exilio. Y otro y otro hijo del pueblo muertos entonces y cuyos nombres pocos conocemos a pesar de su heroico comportamiento en la resistencia. Siempre, carajo, los de abajo ¡abajo! Y arriba capitalizando la hazaña del pueblo, los bandidos y aprovechadores.

Día llegará, mañana o en mil años, en que los trabajadores del mundo se decidan a materializar la revolución social, haciendo añicos toda la estructura y el aparataje de este sistema miserable, para que los hijos del pueblo no sean más despreciados y para que ¡al fin! Sean ellos los autores y los beneficiarios de su propia obra.”

Tomado de: “La vida me lo dijo. Elogio de la anarquía.” por Salom Mesa.