jueves, 8 de marzo de 2007

El porno al revés

IRENE G. RUBIO



De un tiempo a esta parte han empezado a proliferar, en forma de performances, películas, talleres o páginas web, diferentes prácticas artísticas y políticas que están construyendo un nuevo tipo de discurso sobre el sexo, lo que muchos ya llaman post-pornografía. Hagamos un poquito de historia.

Contra la prohibición, por la producción

Los dulces ‘60 son los años de la liberación sexual. El sexo, ese terreno por explorar, provoca curiosidad; la industria del cine lo sabe y explota esa veta. La pornografía sale del armario: en muchos países, películas softcore se estrenan en salas comerciales y verlas es un acto políticamente atrevido y hasta chic -por estos lares, cientos de ‘progres’ peregrinan a los cines de Perpiñán. Vistas desde la actualidad, muchas películas sorprenderían por su ingenuidad y candor... Algo que rápidamente se abandona para, gracias a la llegada del vídeo casero, dar pie a una industria que produce sexo en cadena.

El auge del porno provoca no pocas controversias. A finales de los ‘70, un sector del feminismo se moviliza contra la pornografía, pues considera que es un elemento central en la opresión de las mujeres (en palabras de Robin Morgan, “la pornografía es la teoría, la violación la práctica”). Mientras organizaciones como Women Against Pornography promueven legislaciones contra la pornografía, se alzan voces críticas contra esta tendencia, a la que acusan de tener una visión conservadora del sexo. Lo que posteriormente se conocerá como feminismo ‘pro-sexo’ desconfía de la capacidad del Estado para ‘proteger’ a las mujeres con leyes restrictivas en materia de sexo y se opone a la censura. Para feministas como Gayle Rubin, en vez de promover medidas represivas, se deberían examinar los aspectos políticos del sexo. Así, aunque se critica el régimen pornográfico dominante- plagado de estereotipos y clichés, en el que la mujer es un objeto pasivo de deseo-, se considera que su lectura está no obstante sujeta a procesos de crítica, resistencia y deconstrucción, y que puede haber otro modo de representar las prácticas sexuales.

Tomado de Cronika

Otro porno es posible: Hazlo tú misma

Sin embargo, el vuelco decisivo se producirá cuando se decida pasar a la acción y se comprenda que “el mejor antídoto contra la pornografía no es la censura sino las representaciones alternativas de la sexualidad”, como señalaba hace poco la filósofa Beatriz Preciado en El País. En este paso a la producción tiene un papel fundamental el movimiento queer, que hace del cuerpo y del placer un escenario privilegiado para la acción política. Con sus performances de drag kings y queens -que exponen la artificiosidad de las identidades de sexo y género-, y su filosofía del ‘hazlo tú mismo’ aplicada a la experimentación y la construcción de tecnologías y juguetes sexuales, contribuyen a la creación de una nueva estética feminista, divertida y subversiva. Así, nos encontramos con toda una serie de creaciones que abordan la sexualidad de un modo que se ha dado en llamar post-pornografía. Según la socióloga y activista queer Marie Hélène Bourcier, se trata una serie de discursos que rompen con el régimen hegemónico de representación de la sexualidad. Un movimiento que, aprovechando las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, se pone delante y detrás de la cámara para construir otros imaginarios sexuales.

Tomado de Cronika

Ejemplos de estas prácticas hay muchos, pero es inevitable empezar por Annie Sprinkle, una de las primeras en acuñar la expresión postporno y cuyas performances, fotos, películas y talleres son deconstrucciones kitsch de la pornografía. En la fotografía destacan Cindy Sherman, pionera con sus autorretratos sexuales, y el transexual Del LaGrace Volcano, autor de famosos retratos de drag kings y que se define como terrorista del género a tiempo parcial. El terreno de la performance ha sido muy fructífero, con artistas como Ron Athey o los talleres de drag king de Diane Torr, y la literatura nos ha brindado a Virginie Despentes, que conmocionó a muchos con su novela Fóllame (llevada al cine por Catherine Breillat) por su brutal desnaturalización del discurso pornográfico. En el cine, podríamos citar a directoras como Emilie Jouvet o el queercore político de Bruce LaBruce, pero la tecnología digital ha permitido pasar el testigo a muchos anónimos post-pornógrafos.

Tomado de Diagonal