miércoles, 18 de enero de 2012

Los que quedamos…

Por Concha Liaño


Aunque dispersados en los cuatro puntos cardinales de la tierra, somos los fieles cuidadores del fuego sagrado, cuyo combustible es un amasijo de recuerdos sublimes (y no es exagerado ni pretencioso el calificativo) de una de las más hermosas gestas que pueblo alguno ha tenido oportunidad de realizar.

Sabemos que somos los últimos sobrevivientes y por eso sentimos la necesidad de ponernos en contacto a pesar de las distancias de espacio y años… y somos ya tan ancianos.

Decir que nos sangra el corazón cuando nos enteramos que alguno partió, ¡No es una frase meramente literaria!

Sucede que a lo largo de todos estos años, los libertarios arrastramos un fuerte sentimiento de nostalgia por todo lo que irremisiblemente hemos perdido.

A pesar de todas aquellas penurias económicas que siempre nos acompañaban, éramos realmente muy felices compartiendo nuestros ingenuos y quijotescos ideales con nuestros compañeros, sintiéndonos hermanados en la lucha con ellos.

En todos los que quedamos, ese efímero trozo de nuestra vida, su recuerdo ha sido a pesar de tantas contingencias (abundando las adversas) el telón de fondo de nuestras vidas.

Esta es una verdadera realidad y no podemos sacudirnos la añoranza de esos hermosos tiempos y en todos nosotros pervive ese deseo de mantenernos en contacto así sea epistolar para poder sentir y compartir esa emoción que dejó en nuestros corazones aquellos nexos espirituales que nos unían; aquel sentimiento de solidaridad humana lo sentíamos profundamente.



Hoy nada es igual a aquel entonces, y puede decirse que nosotros tampoco somos los mismos, pues aquella ingenua certitud, aquella ilusión y esperanza de que nosotros íbamos a acabar con la injusticia social, ese innato amor que sentíamos por el prójimo (sentimiento rayando en lo sublime, pues nosotros amábamos a nuestro semejante por él mismo, no por amor a dios esperando ser recompensados por esto en una vida futura) es un sentimiento que ha prevalecido en nuestro subconsciente y ha hecho, ha impedido que no hayamos podido, que no hayamos conseguido adaptarnos plenamente a estas nuevas situaciones en las que nos sentimos como extranjeros, ¡como viendo los toros desde la barrera! Con una fuerte sensación de soledad, de impotencia, de amarga resignación. Porque sabíamos, sabemos que nosotros los libertarios teníamos la razón.

Y a pesar de saber que teníamos la partida perdida, no nos dábamos por vencidos.
El pueblo español escribió para la historia una hermosa PÁGINA ÉPICA.
Una epopeya como jamás se había dado antes en pueblo alguno y que no se volverá a repetir.

Porque ahora todo gira alrededor del capitalismo internacional, que ha conseguido consolidarse solidamente y en cuyo sistema la participación de las masas es una ciencia donde el hombre solo cuenta para producir los productos, consumirlos como carne de cañón llegado el caso.

Sí. Ahí queda ese invento nuestro. Ahí queda esa página gloriosa. Y con esa perspectiva actual, no sé si habrá otros como yo, se estén preguntando si valió la pena tan cruento sacrificio, tanta sangre vertida, tanto dolor… y la inhumana y despiadada represión sufrida por los vencidos.

De la revolución francesa quedó lo que resultó otra utopía, los derechos del hombre y el famoso lema de égalité, fraternité et liberté (será en ese orden)
¿Qué habremos dejado nosotros? Quizás solo el recuerdo del ejemplo de nuestros héroes anónimos que ofrendaron sus vidas tratando de conseguir para sus hijos un mundo mejor. Y hoy por hoy, los pocos que quedamos nos sentimos hermanados, en esta, al parecer, contundente derrota y con el deber de dejar todos los testimonios posibles de nuestra heroica e inútil hazaña.

Y profundizando vemos que no hemos escapado a las inexorables leyes de la naturaleza, algo se gesta, se forma, nace, adquiere gran vigor que consigue irradiar influenciando todo lo que alcanza y luego va declinando poco a poco hasta quedar en una parodia de lo que fue al principio, al iniciarse.

Ahí tenemos entre otros, el ejemplo del cristianismo ¿Qué queda de verdadera esencia? Un disloque.

Cuantos que se dicen cristianos han levantado diversas banderas que apoyándose en la biblia interpretan sus decires a su manera.
Para nosotros los anarquistas, que un día fuimos tan unidos en nuestros ideales, andemos ahora igual y posiblemente hay algunos que han olvidado que a la base de nuestro pensamiento libertario está la primordial noción de la superación moral del hombre.

Ya está demostrado, solo la superación moral y espiritual del hombre, de todos los hombres, podrá salvar esta doliente e ignorante humanidad que tiene ante sí un muy negro horizonte, víctima de una maquiavélica manipulación.




Ya han pasado varias generaciones desde que emprendimos nuestra lucha.
Asombra y fue un privilegio el nuestro, que nos hubiéramos encontrado tantísimos que albergábamos en nuestro corazón tan hermoso Ideal.

Comparándonos con el resto de los mortales, hay que reconocer que fuimos una ÉLITE ÚNICA, algo así como una raza superior.

La incógnita es, ¿habrá en un futuro un relevo? ¿Hasta cuándo se adorará el becerro de oro?

Concha Liaño.
Caracas, Venezuela, 1995.