martes, 7 de agosto de 2007

ANARQUISMO Y VIOLENCIA



Errico Malatesta

Los anarquistas están en contra de la violencia. Esto es cosa sabida. La idea central del anarquismo es la eliminación de la violencia de la vida social, es la organización de las relaciones sociales fundadas sobre la libertad de los individuos, sin intervención del gendarme. Por ello somos enemigos del capitalismo que obliga a los trabajadores, apoyándose sobre la protección de los gendarmes, a dejarse explotar por los poseedores de los medios de producción o incluso a permanecer ociosos o a sufrir hambre cuando los patrones no tienen interés en explotarlos. Por ello somos enemigos del Estado, que es la organización coercitiva, es decir violenta, de la sociedad.




Pero si un caballero dice que él cree que es cosa estúpida y bárbara razonar a bastonazos y que es injusto y malvado obligar a alguien a hacer la voluntad de otro bajo la amenaza de un revólver, ¿es acaso razonable deducir que ese caballero se propone hacerse dar bastonazos y someterse a la voluntad de otros sin recurrir a los medios más extremos de defensa?

La violencia sólo es justificable cuando resulta necesaria para defenderse a sí mismo y a los demás contra la violencia. Donde cesa la necesidad comienza el delito… El esclavo está siempre en estado de legítima defensa y, por lo tanto, su violencia contra el patrón, contra el opresor, es siempre moralmente justificable y sólo debe regularse por el criterio de la utilidad y de la economía del esfuerzo humano y de los sufrimientos humanos.




Hay por cierto otros hombres, otros partidos, otras escuelas tan sinceramente devotas del bien general como podemos serlo los mejores de nosotros. Pero lo que distingue a los anarquistas de todos los demás es justamente el horror por la violencia, el deseo y el propósito de eliminar la violencia, es decir, la fuerza material, de las competencias entre los hombres.



Se podría decir entonces que la idea específica que distingue a los anarquistas es la abo¬lición del gendarme, la exclusión de los factores sociales de la regla impuesta mediante la fuerza bruta, sea ésta legal o ilegal.

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Pero entonces se podrá preguntar por qué en la lucha actual contra las instituciones político-sociales que consideran opresivas, los anarquistas han predicado y practicado, y predican y practican cuando pueden, el uso de los medios violentos que están sin em¬bargo en evidente contradicción con sus fines. Y esto hasta el punto de que en ciertos momentos muchos adversarios de buena fe creyeron -y todos los de mala fe fingieron creer- que el carácter específico del anarquismo era justamente la violencia.




La pregunta puede parecer embarazosa, pero es posible responderla en pocas palabras. Ocurre que para que dos personas vivan en paz es necesario que ambas deseen la paz; si uno de los dos se obstina en querer obligar por la fuerza al otro a trabajar para él y a servirlo, para que ese otro pueda conservar su dignidad de hombre y no quedar reduci¬do a la más abyecta esclavitud, pese a todo su amor por la paz y por el entendimiento, se verá sin duda obligado a resistir a la fuerza con medios adecuados.

La lucha contra el Gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.

El Gobierno hace la ley. Debe tener por lo tanto una fuerza material -el ejército y la policía- para imponerla, puesto que de otra manera sólo la obedecerían quienes qui¬sieran y ya no sería una ley sino una simple propuesta que cada uno está en libertad de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esa fuerza y se sirven de ella para poder fortificar con las leyes su dominio y satisfacer los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite de la opresión del gobierno es la fuerza que el pueblo se muestra capaz de oponerle.



Puede haber conflicto abierto o latente, pero conflicto hay siempre, puesto que el go¬bierno no se detiene ante el descontento y la resistencia popular sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y platónica, el gobierno se beneficia de ello sin preocuparse por las necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente, amenazadora, el gobierno, según sea más o menos iluminado, cede o reprime. Pero siempre se llega a la insurrección, por que si el gobierno no cede el pueblo termina rebelándose, y si el gobierno cede el pueblo adquiere fe en sí mismo y pretende cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento.



Es necesario entonces prepararse moral y materialmente para que al estallar la lucha violenta el pueblo obtenga la victoria.

Esta revolución debe ser necesariamente violenta, aunque la violencia sea por sí misma un mal. Debe ser violenta porque sería una locura esperar que los privilegiados reco¬nocieran el daño y la injusticia que implican sus privilegios y se decidieran a renunciar voluntariamente a ellos. Debe ser violenta porque la transitoria violencia revoluciona¬ria es el único medio para poner fin a la mayor y perpetua violencia que mantiene en la esclavitud a la gran masa de los hombres.
La burguesía no se dejará expropiar de buen grado y habrá que apelar siempre al golpe de fuerza, a la violación del orden legal con medios ilegales.

También nosotros sentimos amargura por esta necesidad de la lucha violenta. Noso¬tros, que predicamos el amor y combatimos para llegar a un estado social en el cual la concordia y el amor sean posibles entre los hombres, sufrimos más que nadie por la ne¬cesidad en que nos encontramos de defendernos con la violencia contra la violencia de las clases dominantes. Pero renunciar a la violencia liberadora cuando ésta constituye el único medio que puede poner fin a los prolongados sufrimientos de la gran masa de los hombres y a las monstruosas carnicerías que enlutan a la humanidad, sería hacernos responsables de los odios que lamentamos y de los males que derivan del odio.

Nosotros no queremos imponer nada con la fuerza, y no queremos soportar ninguna imposición forzada.

Queremos emplear la fuerza contra el Gobierno porque éste nos tiene dominados por la fuerza.

Queremos expropiar por la fuerza a los propietarios, porque éstos detentan por la fuer¬za las riquezas naturales y el capital, fruto del trabajo, y se sirven de ella para obligar a los demás a trabajar en su propio beneficio.
Combatiremos con la fuerza a quienes quieran retener o reconquistar con la fuerza los medios que les permiten imponer su voluntad y explotar el trabajo de los demás.



Resistiremos con la fuerza contra cualquier “dictadura” o “constituyente” que quisiera sobreponerse a las masas en rebelión. Y combatiremos al Gobierno, como quiera que haya llegado al poder, si hace leyes y dispone de medios militares y penales para obligar a la gente a la obediencia.

Salvo en los casos enumerados, en los cuales el empleo de la fuerza se justifica como defensa contra la fuerza, estamos siempre contra la violencia y en favor de la libre voluntad.

Pienso, y lo he repetido mil veces, que no resistir al mal “activamente”, es decir, de todos los modos posibles y adecuados, es absurdo en teoría, porque está en contradic¬ción con el fin de evitar y destruir el mal, y es inmoral en la práctica, porque reniega de la solidaridad humana y del consiguiente deber de defender a los débiles y a los oprimidos.

Pienso que un régimen nacido de la violencia y que se sostiene con la violencia sólo puede ser abatido por una violencia correspondiente y proporcionada, y que por ello es una tontería o un engaño confiar en la legalidad que los opresores mismos forjan para su propia defensa. Pero pienso que para nosotros, que tenemos como fin la paz entre los hombres, la justicia y la libertad de todos, la violencia es una dura necesidad que debe cesar, conseguida la liberación, donde cesa la necesidad de la defensa y de la seguridad, bajo pena de que se transforme en un delito contra la humanidad y lleve a nuevas opresiones y nuevas injusticias.

Estamos por principio contra la violencia y por ello querríamos que la lucha social, mientras ocurre, se humanizara lo más posible. Pero esto no significa en absoluto que queramos que esa lucha sea menos enérgica y menos radical, pues consideramos más bien que las medidas a medias llegan en fin de cuentas a prolongar indefinidamente la lucha, a volverla estéril y a producir, en suma, una cantidad mayor de esa violencia que se querría evitar. Tampoco significa que limitemos el derecho de defensa a la resis¬tencia contra el atentado material e inminente. Para nosotros el oprimido se encuentra siempre en estado de legítima defensa y tiene siempre el pleno derecho de rebelarse sin esperar que comiencen a descargar las armas sobre él; y sabemos muy bien que a menudo el ataque es el mejor medio de defensa.
Pero aquí está en juego una cuestión de sentimiento, y para mí el sentimiento cuenta más que todos los razonamientos.

F. habla tranquilamente de “romper la cara al enemigo después de haberle atado las manos, aunque las reglas morales y consuetudinarias no consentirían en que eso se hiciera”. Este es un estado de ánimo que ya puede llamarse fascista, porque los fas¬cistas han vuelto lamentablemente consuetudinario el hecho de emplear las peores violencias contra aquellos a los que se ha puesto preventivamente en la imposibilidad de defenderse, pero que, dejando de lado las teorías, me parece indigno de quien lucha por la emancipación humana.

La venganza, el odio persistente, la crueldad contra el vencido reducido a la impoten¬cia pueden comprenderse e incluso perdonarse en el momento de la irritación, por parte de alguien que ha sido cruelmente ofendido en su dignidad y en sus afectos más sagrados; pero postular sentimientos de ferocidad antihumana y elevarlos a principios y táctica de partido es lo más malo y contrarrevolucionario que se pueda imaginar.

Contrarrevolucionario, porque la revolución para nosotros no debe significar sustitu¬ción de un opresor por otro, del dominio de los demás por el nuestro, sino elevación humana en los hechos y en los sentimientos, desaparición de toda separación entre vencidos y vencedores, hermanamiento sincero entre todos los seres humanos, sin lo cual la historia seguiría llena de esa permanente alternativa de opresiones y rebeliones como siempre ha sido, en detrimento del verdadero progreso y, en definitiva, de todos los hombres, vencidos y vencedores.

La violencia es desgraciadamente necesaria para resistir a la violencia adversaria, y debemos predicarla y prepararla si no queremos que la actual condición de esclavitud larvada, en que se encuentra la gran mayoría de la humanidad, perdure y empeore. Pero contiene en sí el peligro de transformar la revolución en una batalla brutal no iluminada por el ideal y sin posibilidad de resultados benéficos; y por ello es necesario insistir en los fines morales del movimiento y en la necesidad, en el deber de contener la violencia dentro de los límites de la estricta necesidad.

No decimos que la violencia es buena cuando la empleamos nosotros y mala cuando la emplean los demás contra nosotros. Decimos que la violencia es justificable, es buena, es “moral”, constituye un deber cuando se la emplea para la defensa de sí mismo y de los otros contra las pretensiones de los violentos; y es mala, es “inmoral” si sirve para violentar la libertad de otro.
No somos “pacifistas”, porque la paz no es posible si no la quieren las dos partes.

Consideramos a la violencia como necesaria y un deber para la defensa, pero sólo para la defensa. Y se entiende, no sólo para la defensa contra el ataque físico, directo, inmediato, sino contra todas las instituciones que mediante la violencia mantienen esclavizada a la gente.

Estamos contra el fascismo y querríamos que se lo derrotara, oponiendo a su violencia una violencia mayor. Y estamos, sobre todo, contra el gobierno que es la violencia permanente.

A mi parecer, si la violencia es justa incluso más allá de la necesidad de la defensa, en¬tonces es justa incluso cuando la ejercitan contra nosotros, y no tendríamos ninguna razón para protestar. En ese caso no podríamos ya confiar en la fuerza material -esa fuerza que lamentablemente no tenemos- (11).
La posible incapacidad popular no se remedia poniéndonos nosotros en el lugar de los opresores derrotados. Sólo la libertad o la lucha por la libertad puede ser secuela de libertad.

Pero se dirá: para iniciar y llevar a su término una revolución es necesaria una fuerza armada y organizada. ¿Y quién lo pone en duda? Sin embargo, esta fuerza armada, y mejor las múltiples organizaciones armadas de los revolucionarios, harán obra revolu¬cionaria si sirven para liberar al pueblo y para impedir toda constitución de un gobier¬no autoritario; serán en cambio instrumento de reacción y destruirán su propia obra si desean servir para imponer un determinado tipo de organización social, el programa especial de un determinado partido...

Como la revolución es, por la necesidad de las cosas, un acto violento, tiende a desa¬rrollar, más bien que a suprimir, el espíritu de violencia. Pero la revolución realizada tal como la conciben los anarquistas es la menos violenta posible y desea frenar toda violencia apenas cesa la necesidad de oponer la fuerza material a la fuerza material del gobierno y de la burguesía.

Los anarquistas sólo admiten la violencia como legítima defensa; y si están hoy en favor de ella, es porque consideran que los esclavos están siempre en estado de legítima defensa.

Pero el ideal de los anarquistas es una sociedad de la cual haya desaparecido el factor violencia, y ese ideal suyo sirve para frenar, corregir y destruir el espíritu de prepotencia que la revolución, en cuanto acto material, tendería a desarrollar.

El remedio no podría ser en ningún caso la organización y la dictadura, que sólo pue¬de fundamentarse en la fuerza material y tiende necesariamente a la glorificación del orden policial y militar.

Un error opuesto a aquel en que caen los terroristas amenaza al movimiento anar¬quista. Un poco por reacción contra el abuso que se ha hecho de la violencia en estos últimos años, un poco por la supervivencia de las ideas cristianas, y sobre todo por la influencia de la predicación mística de Tolstoi, a la cual el genio y las elevadas cualida¬des morales del autor dan boga y prestigio, comienza a adquirir una cierta importancia entre los anarquistas el partido de la resistencia pasiva, que tiene por principio que es necesario dejarse oprimir y vilipendiar a sí mismo y a los demás, más bien que hacer el mal al agresor. Es lo que se ha llamado anarquismo pasivo.

Puesto que algunas personas, impresionadas por mi aversión contra la violencia inútil o dañina, han querido atribuirme, no sé muy bien si para elogiarme o denigrarme, tendencias hacia el tolstoísmo, aprovecho la ocasión para declarar que a mi parecer esta doctrina, por más sublimemente altruista que parezca, es en realidad la negación del instinto y de los deberes sociales. Un hombre puede, si es muy... cristiano, sufrir pacientemente toda clase de presiones sin defenderse con todos los medios posibles, y seguir siendo quizás un hombre moral. Pero ¿no sería en la práctica y aun sin quererlo un terrible egoísta si dejase oprimir a los demás sin tratar de defenderlos? ¿No lo sería, por ejemplo, si prefiriese que una clase fuese reducida a la miseria, que un pueblo fuese hollado por el invasor, que un hombre fuera ofendido en su vida y libertad, más bien que arrancar el pellejo al opresor?
Puede haber casos en los cuales la resistencia pasiva sea un arma eficaz, y entonces resultaría por cierto la mejor de las armas, porque sería la más económica en sufrimien¬tos humanos. Pero las más de las veces profesar la resistencia pasiva significa asegurar a los opresores contra el temor de la rebelión, y por lo tanto traicionar la causa de los oprimidos.

Es curioso observar cómo los terroristas y los tolstoístas, justamente porque unos y otros son místicos, llegan a consecuencias prácticas casi iguales. Aquéllos no dudarían en destruir a media humanidad con tal de hacer triunfar la idea; éstos dejarían que toda la humanidad permaneciese bajo el peso de los más grandes sufrimientos más bien que violar un principio.

Para mí, yo preferiría violar todos los principios del mundo con tal de salvar a un hom¬bre; lo cual equivaldría en verdad, por otra parte, a respetar el principio, porque según mi opinión, todos los principios morales y sociológicos se reducen a uno solo: el bien de los hombres, de todos los hombres.
Errico Malatesta

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